Relitto di Molara

Distante casi una milla del lado sur de Molara, apoyado sobre un fondo arenoso, yace, a 39 metros de profundidad, el pecio de una nave por años creida desconocida.

A lo largo de todo el tracto de costa oriental de Cerdeña, especialmente entre Molara y San Teodoro, los submarinos aliados, hundieron al menos 2 embarcaciones: un dragaminas y una “vieja carreta” a vapor, que transportaba alpacas de tabaco y probablemente cereales.

El cruce entre las historias de los testimonios oculares y los datos del contenido en los archivos, consiente asegurar que el primero sea el Amalia, mientras el segundo, llamado también “el pecio de Molara”, ha sido recientemente identificado como el Qued Yquem.

Se trata de una nave construida en 1920 en los astilleros de A. Van Dulvendijk con el nombre de Noordzee, cedida en 1922 a la compañia Naval Paquet de Marsella que le puso el nombre con el que se hundió.

Que fuera una nave de propulsión mecánica, lo afirma con claridad la grande máquina a vapor a dos pistones y sus dimensiones destacadas; de cosntrucción mixta, madera y acero. Del barco, quedan más de 70 metros de longitud.

Cuando fue hundido parece que ya estaba bastante estropeada: los testimonios narran que iba directo a Marsella, proveniente de Latakia en Siria; además del comandante francés, llevaba una tripulación de 12-13 marineros.

El 13 de Octubre de 1941 a las 12:32, fue atacado por el submarino holandés O21 con un torpedo: testimonios oculares cuentan que el submarino consiguió eliminar solo al comandante, mientras la tripulación habia encontrado la salvación sobre una lancha que dejarón ir.

La inmersión, obviamente en el azul, es extraordinaria, sea por la peculiaridad del pecio (en práctica se trata casi de arqueología naval) que por la transparencia del agua. Entre el cruce de miles de restos de metal y madera del naufragio encontramos el hábitat ideal para muchísimas especies.

Esponjas coloradisimas, nudibranquios, meros, sargos, castañeulas, congrios, dentones, torpetos, ect, son los huespedes habituales de este testimonio silencioso de una guerra que, también en Cerdeña, ha dejado dolorosas marcas en sus fondos.